Más que un  político, o una clase social, existe una parte de la población venezolana que en su afán de contrariar todo cuanto diga o tenga que ver con el chavismo ha terminado erigida en una triste sociedad del fingimiento.

Primero fingió la conmiseración por los pobres. Gente que desde siempre aborreció a los que denominaba “los pata en el suelo”, aparecía de repente vociferando consignas de dolor por el sufrimiento de aquellos a los que despreció cuando sus partidos fueron gobierno, y a los que todavía hoy no soporta ver sentados siquiera en el mismo restaurante de la gente refinada.
Luego, después de maldecir día y noche la hora en que un patizambo de Sabaneta llegó a la presidencia de la República, fingió que era chavista para ver cómo se enchufaba en algún ministerio, para fingir después que jamás en su vida había firmado contra Chávez y que lo que aparecía en aquella lista (atribuida por ellos a Tascón, en otro fingimiento que buscaba esconder la perfidia de Súmate) no era sino una vulgar equivocación.
Más adelante le tocó fingir su lealtad al proceso poniéndose con la más dura pena la camisa roja que le permitiera pasar por debajo de cuerda en todos los procesos licitatorios en los que fueron metiendo poco a poco a sus amigotes, primos, compadres y hasta ex amantes, en ese festín de saqueo al erario público que llevó a cabo a lo largo de toda la revolución con el disfraz de ese militante al que día a día odiaba cada vez más a muerte.
En todo ese tiempo, ese mismo sector ha tenido que fingir la honra a una Constitución que aborrece; a un sistema democrático al que sueña con erradicar desde su más profunda raíz; a unas leyes y unas instituciones que ansía derogar para abrirle paso al libre mercado que tanto venera; llegando incluso a fingir en su discurso antimadurista que después de todo consideraba a Chávez un buen presidente.
Ahora tiene que fingir la indignación que le permita esconder su amistad y hasta sus estrechos nexos con los delincuentes de la oposición que aparecen cada día más involucrados en los desfalcos a la nación que hoy el Ministerio Público, siguiendo instrucciones precisas del Presidente Maduro en ese sentido, persigue por primera vez con implacable verticalidad.
Una vida de tanto fingimiento, no puede llamarse vida.
Alberto Aranguibel B.
Comunicador e investigador

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Idioma »