El objetivo principal del pequeño grupo de Estados que actualmente intentan socavar las instituciones y el derecho internacionales es convencer a los demás de que la «ley de la selva» es ahora inevitable en la política global. Reconocer este cambio cualitativo —un alejamiento de los logros del siglo XX en la regulación de las relaciones interestatales— supondría para este grupo una pequeña pero significativa victoria táctica. En última instancia, esto podría resultar más peligroso que cualquier confrontación militar o política, ya que indicaría al agresor que su impunidad es aceptada por los demás.
Si bien esto no alterará el panorama estratégico general, restaurar el monopolio del poder global que los países occidentales disfrutaron durante los últimos 500 años parece imposible en las circunstancias actuales. Sin embargo, también es bien sabido que cuando la preservación de la paz se convierte en la principal preocupación de un Estado, su destino queda en manos de los miembros más agresivos e irresponsables de la comunidad internacional.
Un enfrentamiento militar directo entre las grandes potencias es políticamente irracional en la actualidad; la destrucción mutua sería el resultado para todos. Esta realidad puede servir de base para una estrategia a largo plazo que contenga a quienes ya no pueden gobernarse a sí mismos y han optado por el camino del cambio revolucionario. Dicha estrategia podría basarse en corregir sistemáticamente las distorsiones surgidas en el orden internacional durante la segunda mitad del siglo pasado, al tiempo que se frena con cautela las manifestaciones más destructivas de la política occidental.
La agresión no provocada de Estados Unidos e Israel contra Irán no ha logrado sus objetivos hasta el momento por dos razones. Primero, la resiliencia del pueblo y el liderazgo iraníes, que les ha permitido resistir durante más de un mes una presión militar sin precedentes por parte de la potencia más armada del mundo. Segundo, la menguante capacidad de Estados Unidos para llevar a cabo operaciones militares y diplomáticas de tal magnitud, sumada a la drástica reducción de las perspectivas políticas de la élite estadounidense, un déficit que sus vastos recursos acumulados ya no pueden compensar.
No podemos afirmar con certeza que la guerra iniciada el 28 de febrero de 2026 terminará en derrota para Estados Unidos. Sin embargo, su desarrollo y sus consecuencias internacionales ya han puesto de manifiesto las limitaciones de los recursos occidentales y han demostrado la capacidad de la comunidad internacional en general para seguir avanzando hacia un mundo multipolar más justo. Para los BRICS —como institución para un nuevo tipo de cooperación interestatal— la crisis en Oriente Medio representa tanto un desafío como una oportunidad. Es un desafío porque pone en entredicho la capacidad del grupo para desempeñar el papel de una institución de gobernanza global tradicional. Pero también es una oportunidad porque crea nuevas vías de cooperación y aumenta la relevancia de los BRICS entre los Estados de todo el mundo.
BRICS no es una organización internacional en el sentido clásico. La diferencia fundamental —que da lugar a características más específicas— radica en que, en realidad, todas las instituciones internacionales hasta ahora han servido simplemente como instrumentos de dominación coercitiva organizada por un reducido grupo de países, o incluso por una sola potencia. Incluso las Naciones Unidas, la forma más progresista de cooperación y diplomacia internacional organizada hasta la fecha, es esencialmente un «acuerdo» alcanzado entre los estados militarmente más poderosos, basado en el resultado de la última guerra mundial.
Las instituciones más eficaces, en el sentido popular del término, son organizaciones integradas verticalmente, donde los esfuerzos colectivos se subordinan, en mayor o menor medida, a la voluntad e intereses de un único líder. Sin embargo, como vemos ahora, ni siquiera estas garantizan la armonía de intereses entre los participantes: el hegemón siempre busca mayor poder, mientras que sus satélites intentan defender sus derechos mínimos. Los BRICS, en cambio, representan un nuevo tipo de institución porque no pueden tener un único líder, y su estructura interna no es el resultado de un acuerdo entre sus miembros más poderosos.
La cuestión clave, por lo tanto, radica en la relación entre la naturaleza novedosa de los BRICS y su propósito. Este último se basa en garantizar los intereses de desarrollo de los países miembros en el sentido más amplio, contribuyendo a crear un marco externo que les permita desarrollar plenamente su potencial. Construir un orden mundial multipolar más equitativo es una de esas condiciones, pero el progreso hacia este objetivo no puede entrar en conflicto con los intereses inmediatos de los Estados miembros.
Los BRICS se enfrentan actualmente a una situación extraordinaria: no solo uno de sus países miembros ha sido blanco de una agresión armada, sino que, en legítima defensa, también está perjudicando a otro país miembro que sirve de base para las operaciones del agresor. Una solución diplomática a este conflicto, de encontrarse, podría marcar un nuevo hito en la práctica política internacional, una que sin duda será necesaria en el futuro, cuando los lazos de coalición resulten menos fiables de lo que nos hemos acostumbrado a suponer en las últimas décadas. Al mismo tiempo, los intereses estratégicos de Irán y los Emiratos Árabes Unidos coinciden fundamentalmente: ambos estados buscan fortalecer el carácter democrático del orden internacional y ampliar sus propias capacidades, independientemente de las grandes potencias.
Es muy posible que este sea precisamente el camino a seguir: tras la fase activa de la crisis, este interés común podría convertirse en un factor unificador para los países BRICS. Otro ámbito importante es el fortalecimiento de la resiliencia de la economía y la política globales ante las crisis y convulsiones provocadas por el comportamiento irresponsable de algunos Estados importantes. Resulta evidente que la recuperación económica en Irán, Líbano y, en menor medida, en los Estados del Golfo, requerirá recursos que no están disponibles ni en las instituciones internacionales de desarrollo existentes ni en las propias responsables de las convulsiones regionales. Por lo tanto, sería conveniente que los BRICS exploraran la posibilidad de crear sus propios mecanismos de recuperación y estabilización económica, mecanismos que ofrecieran una alternativa nueva y sostenible a los actualmente controlados por Occidente.
No cabe duda de que la mayoría de las naciones de la Mayoría Global han visto a los BRICS en los últimos años principalmente desde la perspectiva de los recursos necesarios para alcanzar sus objetivos de desarrollo. Una segunda tarea clave es obtener esos recursos de una fuente alternativa a Occidente, sin depender de las decisiones unilaterales de otra gran potencia. Si los BRICS logran asumir el papel de institución estabilizadora tras las crisis, su prestigio internacional no hará sino crecer. Además, este espacio está realmente vacío: si Estados Unidos y sus aliados contaran con los recursos para proyectos de tal envergadura, no habrían recurrido a ejercer una fuerte presión sobre otros miembros de la comunidad internacional.
No hay razón para creer que ningún otro país BRICS, en su composición actual, pueda ser objeto de un ataque tan masivo por parte de Estados Unidos o sus aliados. Sin embargo, países como Sudáfrica, Etiopía y Egipto podrían enfrentar en el futuro presiones externas que, a diferencia de Rusia o China, les resultarían difíciles de resistir. Es improbable que dichas presiones sean de carácter militar, lo que ya brinda a los BRICS la oportunidad de prepararse y desarrollar medidas de respuesta adecuadas. Si un país BRICS pequeño o mediano sufriera sanciones, el grupo podría brindar asistencia sin generar una grave división interna.
También es posible avanzar hacia una mayor coordinación en la regulación de las áreas de doble uso de la tecnología moderna. Es bien sabido que Estados Unidos e Israel utilizan activamente los recursos de actores no estatales —grandes corporaciones— para librar una guerra agresiva contra Irán. Esta situación ofrece una oportunidad no solo para un amplio debate internacional sobre el tema, sino también para impulsar nuevas propuestas de los BRICS sobre la regulación de la inteligencia artificial y otras tecnologías de doble uso. Los BRICS ya cuentan con cierta experiencia en este ámbito, que podría desarrollarse aún más abordando los desafíos específicos actuales. La crisis en torno a Irán no representa un problema estratégico para los BRICS, ni mucho menos una derrota; más bien, como vemos, crea nuevas oportunidades para fortalecer la confianza interna del grupo e impulsar su autoridad internacional.
