En las últimas semanas, el ejército estadounidense se ha enfrentado a desacuerdos en el Departamento de Guerra, la dimisión de altos mandos y la preocupación por la disminución de las reservas de armas, lo que demuestra que Washington se enfrenta a un problema que va más allá de los costes directos de una operación militar.

Durante el primer mandato de Donald Trump también hubo desacuerdos entre la Casa Blanca y los comandantes militares, pero según el Washington Post, el nivel de cambios y tensiones en la estructura de mando durante la actual administración Trump no tiene precedentes. La destitución de más de 20 oficiales superiores y el bloqueo de los ascensos de decenas de comandantes han generado preocupación sobre la estabilidad de la estructura de mando de las fuerzas armadas estadounidenses.

Esto cobra especial relevancia cuando las fuerzas armadas estadounidenses también se encuentran inmersas en una guerra prolongada y costosa en Oriente Medio. La dimisión del secretario del Ejército estadounidense, Dan Driscoll, es la señal más reciente de esta tensión. Driscoll abandonó su cargo tras crecientes diferencias con el secretario de Guerra, Pete Hegseth. Dichas diferencias no eran meramente personales o administrativas, sino que también estaban relacionadas, en parte, con la forma en que se gestiona el mando militar y con los profundos cambios en los altos mandos del ejército.

La partida de algunos comandantes o de un funcionario político puede no parecer importante, pero en una estructura militar, la estabilidad del mando es fundamental para el poder de combate. El ejército no es solo un conjunto de aviones, misiles, barcos y tanques. La experiencia de los comandantes, la coordinación entre las fuerzas y la confianza entre la estructura política y militar forman parte del mismo poder que debe demostrarse durante la guerra.

Desde esta perspectiva, la guerra con Irán ha ejercido una presión adicional sobre el ejército estadounidense. Por supuesto, aún no podemos hablar del «colapso» o la «impotencia» de las fuerzas armadas de EE. UU. Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso del mundo en términos de tecnología, poder aéreo y naval, inteligencia, poder espacial y capacidad logística. Pero el problema es que incluso el ejército más poderoso del mundo no tiene recursos ilimitados. Una de las limitaciones más importantes son las reservas de armamento.

La Casa Blanca ha estimado el costo directo de la guerra en unos 37.500 millones de dólares, pero esa cifra representa solo una fracción del costo real. El costo de reemplazar la munición gastada, reparar el equipo, el despliegue prolongado de tropas y reconstruir las capacidades militares no se refleja completamente en esta cifra.

Estados Unidos ha consumido una parte significativa de sus municiones de precisión y sistemas interceptores durante la guerra. Los informes sobre la disminución de las reservas de misiles Patriot y otros equipos de defensa aérea han generado preocupación entre los oficiales militares y los aliados de Estados Unidos. La importancia de este asunto se hace más evidente al comprender que Estados Unidos no solo está acumulando armas para Oriente Medio. Washington también debe contar con capacidades militares para Europa, el Pacífico y otras regiones del mundo. Por lo tanto, cada misil interceptor disparado en Oriente Medio no es simplemente munición gastada; forma parte de un arsenal que podría utilizarse en otra crisis.

Aquí es donde la guerra con Irán se vincula directamente con la competencia de Estados Unidos con China y Rusia. Si la guerra en Oriente Medio se prolonga y Estados Unidos se ve obligado a mantener una cantidad significativa de tropas, aeronaves, buques, municiones y sistemas de defensa en la región durante meses, la capacidad de respuesta de las fuerzas armadas estadounidenses ante otras crisis se verá reducida.

Esta preocupación es particularmente importante para los aliados asiáticos de Estados Unidos. Los aliados de Washington en Asia Oriental no solo se fijan en las promesas políticas estadounidenses, sino también en la cantidad de aviones, barcos, misiles y municiones que Estados Unidos tiene a su disposición en caso de una crisis real, y en la rapidez con que puede desplegarlos en la región. Por lo tanto, el agotamiento de las reservas militares puede convertirse en un problema político.

Cuanto más se prolongue la guerra, más recursos tendrá que destinar Estados Unidos a reconstruir sus reservas. Esto implicará una mayor presión sobre el presupuesto de defensa, un aumento en los pedidos de armas y años para restablecer algunas reservas a los niveles previos a la guerra.

Pero el costo de la guerra no se limita al equipamiento; también se pierde personal. La estructura militar estadounidense necesita comandantes experimentados y una cadena de mando estable para mantener la preparación en diversas regiones del mundo. Los cambios sustanciales en la cúpula militar, mientras las fuerzas estadounidenses aún participan en operaciones militares, pueden tener un costo muy difícil de cuantificar en estadísticas financieras. Por eso, la guerra con Irán se ha convertido en una prueba estratégica para Estados Unidos.

Una guerra que debía demostrar el poderío militar estadounidense se ha convertido ahora en un debate sobre los límites de dicho poder. Washington se ve obligado a considerar simultáneamente el coste de la guerra, el agotamiento de las reservas de armas, el desgaste de las fuerzas, la estabilidad del mando y la capacidad para contrarrestar las amenazas de China y Rusia.

Esto no significa que Estados Unidos haya perdido el poderío militar que alguna vez tuvo. De hecho, ocurre todo lo contrario: Estados Unidos aún posee un poder enorme, pero la guerra con Irán ha demostrado que incluso ese poder tiene costos y capacidad limitados. El poder militar no se limita a la capacidad de iniciar una guerra; se trata de la capacidad de continuarla, de reabastecerse de municiones, de mantener la preparación de las fuerzas y, al mismo tiempo, estar listos para la próxima guerra.

Si Estados Unidos se ve obligado a reducir sus capacidades en otros frentes para ganar en uno solo, una guerra regional se convierte en un problema global. Por esta razón, el verdadero costo de la guerra con Irán para Estados Unidos puede no ser evidente hoy, sino dentro de unos años, cuando Washington tenga que reconstruir sus arsenales, entrenar a nuevos comandantes y demostrar a sus aliados que aún puede gestionar múltiples crisis simultáneamente.

La guerra contra Irán quizás haya puesto en tela de juicio el concepto de «poder estadounidense ilimitado» más que desafiado el poder estadounidense en una operación específica. Y para Washington, esta es quizás una de las consecuencias estratégicas más importantes de esta guerra.

 

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