Y ahora que las chispas de una revolución ciudadana comienzan a incendiar conceptos y realidades en Francia, los que ostentan el poder se tocan el cuello y organizan sus estrategias para tratar de contener lo que ha toda vista se ha convertido en un levantamiento contra el sistema neoliberal y no sólo contra una medida arancelaria, que ciertamente ha servido para derramar el vaso de la paciencia de los trabajadores y las trabajadoras francesas. Parece que los “chalecos amarillos” son ahora un símbolo del pueblo y según las leyes del tráfico, después del amarillo viene el rojo. Entonces, parece que los parisinos han asumido vivir felices aunque no tengan permiso, quizá escucharon un poema de Mario Benedetti o la voz de Rousseau o las canciones de Marx. Lo cierto es que están resolviendo en la calle las preguntas no respondidas por Foucault y eso es loable.
Melechon, líder de la Francia Insumisa, denuncia que el gobierno “No ha anunciado nada sobre la situación social actual de los franceses: no hay impuestos ni reforma fiscal, ni aumento del salario mínimo. El Primer Ministro advirtió que la gente tendrá que pagar esta suspensión por una disminución adicional en los servicios públicos. La prioridad del poder sigue siendo proteger a los ultra ricos para quienes aún no está en la agenda la restauración del impuesto sobre la fortuna”, con esto deja claro que los objetivos del pueblo que se encuentra en la calle en defensa de sus derechos y luchando por sus sueños, no han sido alcanzados aún y que el gobierno de Macron lejos de darles una respuesta coherente con sus necesidades (que son las de la mayoría), insiste en burlarse de la inteligencia de los ciudadanos y las ciudadanas tomando medidas aplazatorias y no de transformación estructural de una política neoliberal agresiva que ha afectado la calidad de vida de los franceses. Parece que con las concesiones dadas el gobierno simplemente busca rebajar el amplio apoyo al movimiento en la opinión pública, que según los sondeo, tiene el 70% de aceptación.
Finalmente es la continuación de la misma estrategia política antipopular, pues a pesar de doblar el brazo a regañadientes por la fuerza del pueblo, mantiene en medio de la República la arrogancia y prepotencia de la monarquía. Se trata de defender al sistema neoliberal incluso a costa de la democracia y muy a pesar del bienestar social, en palabras del líder de la Francia Insumisa “el presidente de los ricos protege los privilegios de sus mentores”. La cuestión ahora es ver la respuesta, no sólo de los chalecos amarillos, sino de todos los sectores sociales que se sienten afectados por el actual gobierno, pues está claro que no se trata solo de los 136.000 personas que según el Ministerio del Interior de Francia participaron en las protestas en todo el país, sino de todos los que creen en la justicia social.
El pueblo tiene dos opciones, caer en la trampa del aplazamiento o intensificar la lucha haciendo que las llamas en París vayan de amarillo a rojo es el dilema actual, y esto último no significa incendiar el país, esto significa que es necesario hacer del fuego interno que los moviliza plataforma de conciencia ciudadana, organización revolucionaria, movilización social y constancia. Solo así se podrá avanzar hacia nuevos escenarios de justicia social, democracia real y estabilidad política en Francia.
Por otro lado, uno de los problemas principales tanto del gobierno como del movimiento ante esta crisis, es la de definir voceros capaces de expresar con legitimidad la voz de todo el movimiento, que ciertamente nació como una protesta popular por el aumento del impuesto a los carburantes, pero que se ha transformado en una manifestación generalizada por la pérdida del poder adquisitivo de los franceses y con demandas de todo tipo que incluyen a diversos sectores sociales, entonces es un reto para la dirigencia política opositora a Macron y al neoliberalismo ponerse a tono con las formas y las aspiraciones del pueblo, esto es vital para poder avanzar más allá de lo que las protestas permiten, pues como demostró la Revolución Francesa, no se trata solo de cortarle la cabeza al rey.
“Nunca aceptaré la violencia», dijo Macron en una rueda de prensa el día sábado en Buenos Aires, ciudad donde se desarrolló la cumbre del G20, en la que se sentía en su trono, lejos de la Francia que ardía. Pero ¿No es violencia lo que ejerce el estado contra sus ciudadanos? En tales circunstancias la insurrección está justificada, pues no se puede permitir que la injusticia se haga plan de gobierno. No obstante, lo realmente transformador será la construcción de un nuevo contrato social que se comience a debatir y edificar desde las bases. Melechon está muy claro en esto al declarar que “Macron se equivoca si piensa que tales artificios pueden detener un movimiento tan profundo y amplio. Es una revolución ciudadana que ha comenzado. Si el gobierno no quiere tomar medidas coherentes, debe volver a las urnas”. Y así reivindica la democracia como la verdadera solución, no sólo al problema circunstancial al que se refiere, sino al estructural.
David Gómez Rodríguez
@davidgomez_rp
